Domésticas modernas



Limpiar pisos no es nada excepcional ni humillante. En los hogares se higieniza con cierta frecuencia toda la casa, a veces se baldea con abundante agua y si se puede, hasta con un poco de detergente…
Camareras, limpia pisos, empleadas de servicios, sirvientas, caseras, domésticas… son algunos de los nombres para designarlas internacionalmente, cuando reciben un salario por esa labor.

No se trata de menospreciar un oficio imprescindible para la vida, tanto en el hogar como en centros públicos, y tan añejo como la civilización.
En las becas y el Servicio Militar General los alumnos y reclutas, hembras o varones, asumen ese deber como algo natural y necesario.
Quiere decir que infinidad de jóvenes no se mueren el día que limpian un albergue o los baños de una unidad militar. Eso los prepara para la vida y les enseña que alguien tiene que hacerlo, pues de no ser así viviríamos en medio de la podredumbre.
Sin embargo, una cosa es chiflar y otra cantar, como dice el refrán. En esas oportunidades es prácticamente obligatorio, porque de lo contrario afectaría a la convivencia colectiva.
En circunstancias normales nadie quiere ese empleo. En los centros asistenciales de la salud cada día se hace más difícil completar la plantilla de empleadas de servicio: bajos salarios, pocos medios de protección como guantes y escasez de utensilios como desinfectantes o detergentes, hacen de la empresa de limpiar uno de los oficios más desfavorecidos.
Claro, depende de donde se ejerza. Mucha gente se vuelve loca por entrar a los hoteles de Varadero aunque sea de camarera de salón o de alojamiento, sin importar cuántos metros cuadrados hay que barrer, purificar con aspiradora o abrillantarlos con bayeta. ¡Por algo debe ser! Algún beneficio se esconde.
Y esas faenas generalmente se han asignado al género femenino, aunque no pocos hombres ayudan o cumplen con esa tarea y no pasa nada.
En esos tiempos las mujeres encontraron en dicha labor una salida económica, sufriendo vejámenes, reducidos salarios y todo tipo de malcriadeces de la clase pudiente, media o alta de la burguesía. En Cuba, en 1959, unas 70 000 mujeres eran trabajadoras domésticas y 100 000 ejercían la prostitución para sobrevivir. Sólo trabajaban en nuestro país 194 000 mujeres.
De eso trata este comentario. Reflexionemos sobre una modalidad que se extiende con rapidez: las empleadas domésticas. Es obvio que quienes se dan el lujo de pagar por esos servicios cuentan con una buena entrada de dinero y emulan entre si, en frívolas charlas, sobre lo rico de tener criadas, que es en resumen de cuentas como las juzgan, aunque ya esté aprobado legalmente como un trabajo por cuenta propia.
En ocasiones quienes las contratan se exceden y ellas pueden, por unos pesos más, lavar ropa, cocinar el menú dejado en un papelito, recoger y fregar la loza, cuidar niños pequeños para que los “dueños” paseen de noche, en fin… una verdadera doméstica al estilo de épocas pasadas, mal engendrado del capitalismo y que urgentemente abolió la naciente Revolución cubana.
Actualmente en muchas naciones las domésticas están sindicalizadas y con reglamentos de trabajo; sus tragedias principales son los bajos salarios y los maltratos de sus amos y amas, quienes a veces le brindan más afecto a un can que a esas personas que conviven con ellos parte del día o las 24 horas.
Cierto que cada cual decide qué hacer con su vida, pero sencillamente nos entristecemos de que muchas jóvenes, en edad estudiantil, optan por la modalidad de empleo doméstico a domicilio y subvaloran sus potencialidades para estudiar o emplearse con decoro.

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