En la ruta de Chávez

La aventura del Comando Admirable del Movimiento Juvenil Martiano en la ruta “De Sabaneta a Miraflores”, por la celebración del cumpleaños 60 del líder de la Revolución Bolivariana

I

Íbamos en tren, hacia el este. El viaje se realizaba con una fluidez inesperada. La saeta de metal rasgaba la oscuridad de la noche en aquel desierto de llanuras y marabú enmarañado. Los pueblos junto a las líneas férreas pasaban como cayos secos al costado de los trasatlánticos.

La travesía marchaba incontenible hasta que, al amanecer, la isla de hierro se detuvo en medio de la nada. No se comentó ni una palabra en minutos. Algunos dormitaban mientras otros se aferraban a sus pertenencias. Estábamos a escasos kilómetros de la entrada a la estación de Camagüey.

Todavía faltaba casi el mismo tramo que ya habíamos recorrido y la impaciencia comenzaba a ser un enemigo. Minutos antes, a las 5:30 de la mañana, todo el Comando se puso en pie para entonar, con perdonable desafino, el himno del 26 de Julio.

El espontáneo homenaje despertó la curiosidad de los pasajeros del coche, aunque no lo suficiente para sumarlos a la celebración: algunos prefirieron tararear; otros, simplemente, virar la cara y refunfuñar por el insomnio al que los sometimos.

Las horas pasaban como gaviotas sin alas. Llegó el momento en que los asientos formaban parte del cuerpo y el hedor del baño dejó de ser insoportable. Nos aclimatamos entre la concordia del grupo, la conversación de la tropa y los cuentos siempre inacabables de Cañón.

El desayuno en Camagüey: queso y vino (lo vendían al menudeo quienes subían en cada parada para bajarse apenas rugía la locomotora para abandonar el pueblo). Luego un pestañazo. Marabú y llano. Otro pestañazo después. Llano y marabú. El estómago comenzó a retorcerse y almorzamos cerca de Bayamo unas pizzas desnutridas. Después el tiempo se fue volando, y antes de las cuatro de la tarde ya nos bajábamos en la estación de Guantánamo.

En la ciudad del Guaso permanecimos dos noches, suficientes para compenetrar la relación entre los miembros veteranos del grupo con los noveles. En ese tiempo, changüí y chocolate,sudor y sol.

El domingo 27 visitamos el Zoológico de Piedra en las afueras de la ciudad. Fuimos por nuestra cuenta, como un ensayo para las aventuras posteriores. Una alfombra de mangos nos recibió. Comimos cuanto quisimos. Regresamos a la ciudad y dormimos a “pierna suelta”. Al otro día comenzaría la ruta por la que nos habíamos desplazado más de 1000 kilómetros desde La Habana.

II

Se despiertan en Sabaneta, pero separados a cientos de kilómetros. En Guantánamo, lomas, Elaine prepara su mochila; en Venezuela, llanos, Ernesto enjuaga sus pinceles.

Los hermanos Sánchez, de Villa Clara, hace meses no se ven, mas hoy los une la misma peregrinación.

Él, instructor de arte, cumple misión internacionalista en Barinas; ella, estudiante universitaria, participa en la ruta del Movimiento Juvenil Martiano que celebra el cumpleaños 60 de Hugo Chávez.

Mientras Ernesto trenzaba sus colores en las calles en que el Chávez niño jugaba béisbol, Elaine abandonaba la ciudad donde el Chávez hombre transmitió su programa Aló Presidente número 298.

Eso fue hace tres días, porque ahora los dos, si pudieran, se tomarían de las manos para andar igual camino, pero no pueden: aunque estén en Sabaneta, recuerden, cientos de kilómetros los distancian.

Aunque ustedes ya lo saben y nosotros también, al filo del mediodía ellos aún no se han percatado de permanecer en lugares diversos, pero que llevan el nombre de la tierra natal del líder venezolano.

El uno aguarda las palabras del presidente Maduro al pueblo de Barinas; la otra ofrece las suyas al telecentro local.

Al primero, quizás, lo ataca la impaciencia de la espera., a la segunda el tiempo le vuela en la caminata desde la Empresa Agroforestal Coronel Arturo Lince hasta el poblado de La Punta.

Antes del almuerzo, Elaine revisa su celular, donde encuentra un mensaje de su hermano que la hace caer en cuentas de la casualidad.

Él, por su parte, permanece admirando el mural con el rostro de Bolívar que dibujó días atrás. Presumimos que el muchacho, aún, no se ha enterado de la coincidencia.

III
El Comando Admirable es un proletariado noble de lo simbólico. ¿Qué tenemos? ¿Con qué posesión contamos? ¿Qué propiedad tangible nos pertenece? Nada. Solo nos tenemos a nosotros mismos, a nuestros propios cuerpos y a nuestra imaginación. Como proletariado nos corresponde vender nuestra fuerza de trabajo, pero como “proletariado noble de lo simbólico” regalamos nuestra proyección simbólica a todo aquel que la necesite y la asuma.

¿Cuáles son nuestras finanzas?,las sonrisas de los niños en las lomas de Guantánamo; ¿cuál nuestro capital?, la experiencia acumulada del conocimiento; ¿nuestro concepto de “socio”?, el desprendimiento material del individuo en beneficio de los intereses colectivos del grupo; ¿nuestra jornada de trabajo?, desde que abrimos los ojos en la mañana hasta que los cerramos en la madrugada.

En La Punta, Consejo Popular Sabaneta del guantanamero municipio El Salvador, conocimos al señor Chaveco. Nos recibió cuando el sol todavía no se elevaba más allá de las montañas. Nos dijo que era el presidente del CDR y que se enorgullecía de recibirnos. Regaló un tanquecito de guarapo de la caña que él mismo sembraba. Ofreció buscar más. Conversamos sobre cómo iban las reformas económicas en aquella zona, tan alejada del centro de poder que se ejerce en La Habana, tan alejada, incluso, de la propia urbe de Guantánamo. Y nos respondió que todo marchaba bien. Que él mismo era cuentapropista y que vendía guarapo, y nos ofreció otro poco más para calmar la sed. Gratis. Entonces nos dimos cuenta de que, en efecto, los cambios andan, pero mucho mejor que en La Habana o en todos los centros urbanos del país, porque la brújula de aquel hombre no era la ley capitalista de maximizar las ganancias, sino el humanismo de compartir lo que se tiene. ¡Cuán diferentes los vendedores de granizado en la capital, quienes aumentan el valor de un vaso de hielo con sirope hasta tres pesos,amparadosen el sol inclemente de agosto! Todavía, por suerte, en las montañas –o al menos en el señor Chaveco- la ley del mercado no se ha impuesto por sobre la ley del desprendimiento. En él, prevalece aún la utilidad de la virtud por sobre la virtud de la utilidad.

En ese mismo poblado, inicio de la ruta hasta Miraflores, vimos en un intercambio cultural cómo los pobladores convirtieron una sábana en tren, un hombre en caballo y un piso de tierra en set de cine. Nosotros les regalamos historias, una postal y un libro de José Martí.

Después, sobre el río Sagua, el Comando atravesó el único puente colgante en activo en Cuba. Lo construyeron los propios pobladores hace treinta años para comunicar la carretera con la comunidad de Jagüeyón. Solo necesitaron dos meses para hacerlo: un puñado de hombres inexpertos, por las tardes luego de trabajar, construyeron el paso que en décadas sus antepasados soñaron, que en décadas, probablemente, sus sucesores construirán. Hoy solo cuesta transitar unos minutos lo que antes tardaba horas. A ese poblado quisimos llegar, pero el tiempo implacable nos devolvió a nuestra guagua Girón.

En la Zona Sur de Guantánamo, San Pedrito (Santiago de Cuba), Guiza (Granma), Cacocum (Holguín), Florida (Camagüey), Mamanantuabo (frontera entre Camagüey y Ciego de Ávila), se repitió lo que en La Punta de Sabaneta: pretendimos ofrecer y terminamos recibiendo. Recibiendo el agradecimiento, el aprendizaje, el agasajo, cierto, pero también el arte que esconden, entre montes y sonrojos, los pobladores de esas comunidades. No exageramos si afirmamos que, como promedio, los cantantes de aquella zona superan por mucho a la mayoría de los intérpretes que nos atolondran cada día en la radio, la televisión y los ómnibus del transporte público urbano. Con el recorrido comprobamos un secreto que se comenta a gritos: ¿dónde está la voz de aquella gente en los medios nacionales de comunicación? ¿Por qué tanto desconocimiento sobre sus vidas cotidianas, costumbres y talentos? ¿Por qué el centralismo piramidal en toda la geografía nacional?

Allá inclinamos la frente y abrimos el pecho ante el niño que, aun con zapatos rotos, conocía al Maestro: “Martí es un escritor que hizo La Edad de Oro para nosotros”, dijo. Entregamos “Martí, el Apóstol”, la mítica biografía de Mañach, con la esperanza de que algún día, no muy lejano, ese mismo niño entienda por qué “el escritor” prodigioso de manos finas tomó un caballo y un revólver para cargar, cerca de aquellas mismas lomas, contra la muerte ansiosa por besarlo. Un libro siempre es conocimiento, y solo puede amarse lo que se conoce. Nosotros le propusimos conocer a Martí más de cerca. Solo eso tuvimos al alcance.

IV

Llovía, no podía ser de otra manera. Primero amenazó con latigazos cuando andábamos sobre el camión. Los proyectiles de gotas en la cara fue solo un aviso para lo que se vendría después. Las nubes esperaban que entráramos en Miraflores para romper la fuente de su parto.

Un techo gris sobre un mausoleo verde: “el cielo sobre el llano”. Veintitrés almas corríamos hacia la plazoleta salpicados por el agua. Venía el nacimiento y nadie quería llegar tarde.

Cientos de kilómetros andados parecían nada. A solo unos metros de nuestras piernas aguardaba el final del recorrido. Las gotas no podían contenerse y arañaban en silencio el aire que soplaba alrededor. Todos recordábamos la tarde del 4 de octubre del 2012. Hace 22 meses exactos, en otro Miraflores, llovía también. Hoy, ¡no podía ser de otra manera!

Bajo las gotas cayendo nos quedamos, otro homenaje a aquel que ofrendó su piel bajo las lanzas del cielo. ¡Ni un paso atrás bajo los techos! ¡Nadie ni siquiera lo pensaba! Se acercaban los truenos con premura. Los rostros permanecían como aceros. El agua nos empapaba los cabellos, las ropas se pegaban a los cuerpos.

Veintitrés estacas bajo el viento, en silencio. Las piernas no dolían, ni las espaldas se quejaban. De frente junto al tiempo. Hubiésemos amanecido sin movernos.

Las palabras encendidas de Fernando, el discurso sedoso de Yusuam, veintitrés estacas bajo el viento. La lluvia desparramada por todos los potreros. Las nubes, sobre el cielo, gimiendo de dolor. Un techo gris sobre un mausoleo verde: “el cielo sobre el llano”.

Aquella tarde no escampó. Tuvimos que irnos de Miraflores a Bolivia bañados de Chávez. Nos secamos en la guagua con el viento del camino; masa muchos nos quedó, a pesar de los kilómetros, agua salada corriendo por el rostro.

(Por: Lis García Arango y René Camilo García Rivera, estudiante de Periodismo)

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