Cerca de Frank Fernández

El piano Stairway and Songs, unas 200 sillas ocupadas y la Orquesta Sinfónica de Matanzas (OSM) lo esperan con ansiedad.Vestido todo de negro con un pañuelo rojo en su solapa a las 6:00 de la tarde del lunes 28 de enero, aparece puntual por detrás del escenario, solemne. El concierto en breve iniciaría.
Días atrás el compositor Frank Fernández llegó a los ensayos, atravesando el salón con un caminar presuroso. Usaba zapatos carmelitas, pantalón, pullover negros y encima una camisa de mangas largas azul oscuro, abierta de manera informal.La OSM ya había terminado y solo quedaba la parte con el Maestro.
 

En la sala había pocos espectadores. Las sillas estaban aglomeradas. Las diez o doce personas presentes se sentaron como podían. Frank se colocó junto al piano, orgulloso de haber gestionado su compra, en Hamburgo, para la Sala de Conciertos José White. Costaba 180 000 Euros, pero se logró en 57 000.
 

Mientras tocaba la Obertura Oberón, de Weber, indistintamente con la mano derecha se mojaba con saliva los dedos índice y del medio.
Colocó un pañuelo blanco, todo estrujadísimo en la parte interior del instrumento. A su izquierda, en el borde del teclado, sus espejuelos y un reloj de pulsera. Abajo, un pequeño pomo plástico con agua. Se volvió a mojar los dedos, esta vez se los secó con ese pañuelo que también desplazó por su frente y sus labios.


Continuó con los acordes de tan exigente obra de Weber. Señaló algo a los violinistas. Miró hacia arriba. Se concentró. Se levantó. Corrigió al clarinetista. Bebió agua.
 

Con rapidez, se humedeció con saliva todos los dedos de la mano izquierda y el índice y el del medio de su derecha, aunque tocó sin secárselos, como si de eso dependiera algo místico de su ser o de la sensibilidad con que se toca un Steinway Sons.
 

Luego elogió a los chelos. Estuvo al tanto de cada nota. Entrecruzó miradas con el director de orquesta Enrique Pérez Mesa.Elogió la acústica de la sala. Conversó con los músicos, periodistas y público. Aprovechó y comentó algo simpático que nunca olvida, vivido en la ciudad de Matanzas.
 

En la víspera de un concierto en el Teatro Sauto, hace más de una década, en un restaurante a la silla en que se sentó se le partió una pata, suceso que no impidió que tocara. Desde entonces esa pata, de aluminio y pintada de negro, es su amuleto, la cual lo acompaña como una batuta para sus nuevos empeños.Recogió su pañuelo, su pomo de agua, sus espejuelos y se colocó el reloj. Terminaba su jornada de ensayos.

El concierto en breve iniciaría. Sabe que lo aguardan. Yo también lo aguardo. La reapertura de la Sala White ya es un hecho con su interpretación de La Bella Cubana, de José White. En esta ocasión, coloca dentro del piano un cenicero con agua para humedecerse los dedos. Se prepara siempre como si fuera a debutar.
 

No usa partitura como los jóvenes músicos de la OSM. Es un experto. Solo los solistas con categoría internacional lo deben hacer así y a sus 71 años memoriza miles de notas a la perfección. 
 

De los 27 conciertos de Wolfgang Amadeus Mozart ejecuta ejecutar, ahora en vivo, el No 23 en La Mayor K. 488, I Allegro, II Andante y III Presto, y sonríe como en estado de gracia natural.
 

Sus manos, acróbatas del sonido, se desplazan, se entrecruzan y desnudan al teclado una y otra vez en su andar absorbente.
 

Junto a violines, violas, violoncellos, contrabajos, flautas, oboes, clarinetes, fagotes, cornos, trompetas, tuba, percusión, trombones, el piano que toca Frank resalta con el brotar de finas líneas melódicas.
 

Él desata fuerzas telúricas. Sacude las fibras emocionales. El piano es la extensión de su ser, un ser poseído que se metamorfosea y transforma todo en melodía. Sus acordes inundan la Sala, creo que el fantasma de White, debe danzar jubiloso.
 

Finaliza el concierto con sus composiciones del tema de amor de La gran Rebelión y el de presentación de la novela Tierra Brava.Solo aplausos y ovaciones se escuchan. Y entre aplausos y ovaciones le entregan un ramo de flores blancas. Camina hacia la derecha y entrega una flor a cada integrante de la OMS. Frank agarra ahora en sus manos una copa de vino, sorbe su bebida y accede a saludos y fotos, diciendo: “Me gusta que me quieran cerca”.

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