Cuando te sientas triste,
átate una trenza.
Enreda los motivos
en las puntas de tu pelo
y comienza a tejer,
nudo a nudo,
la libertad.
Luego la trenza galopaba en mi espalda. Se movía de un lado a otro. Guiaba mis pasos. Era feliz. Cuando se deshacía, mis dedos comenzaban a tejerla nuevamente. Volvían a atarme una. Quizás tejían mi libertad. Y como yo amo tanto la libertad mantenía mi cabello aprisionado. Desde entonces mi trenza me acompaña para no dejarla escapar.
