Un lunes, día común de la semana, me
levanté a las 7 de la mañana, soñolienta aún y casi sin poder abrir los ojos,
efectué mis acciones habituales: asearme, vestirme, peinarme, tender la cama y
desayunar. Luego caminé con mi bolso al hombro durante la media hora que
faltaba para el comienzo de la faena laboral. Durante el resto del día realicé otras
actividades en un ritmo acelerado, puesto que el tiempo no alcanza. Todo lo
tenía planificado y cronometrado.